viernes, 31 de octubre de 2008

...HASTA LA MUERTE. Bitácora de una marcha

Que vivan los estudiantes
jardín de nuestra alegría
son aves que no se asustan
de animal ni policía
y no le asustan las balas
ni el ladrar de la jauría
me gustan los estudiantes
Mercedes Sosa

El estudiante Cervantes levantaba la primera piedra impulsado
por la euforia de la marcha. Todos levantaban el puño, gritaban consignas de protesta, ondeaban banderas y pendones, saltaban, corrían, se defendían, levantaban en alto las pancartas para que
las viese el cielo y mucho hasta volaban. Cervantes seguía con la piedra en la mano, les decía a unos militares de forma airada: - De acá me sacan sin vida, porque en la lucha hasta la muerte pero el espíritu por toda la eternidad. Parece que su gallardo desafío sería más tarde un vaticinio fatal.

Gonzalo Bravo Pérez había perecido en la lucha, como un héroe, con la frente en alto y la valentía enhiesta en sus manos; solo lo derribo la bala pero su esfuerzo y sacrificios quedarían erguidos en aquel sitio donde se derrumbó, esparciéndose como una droga por todos lados, cada espacio arrinconado, a través del tiempo como la injuria cometida a toda una comunidad de letrados, científicos, doctores, arquitectos y artistas: los estudiantes.
Todos quedamos anonadados, iracundos, sollozantes; el crimen quedó impune, pero no la demanda. Avivados por la justicia, los educados se levantaron, se regaron en las calles, ardientes, al rojo vivo, gritaron más fuerte pero otra vez la muerte cortaba vidas con su fusil y su armadura futurista. La maquina de matar había arrastrado en su asesinar cotidiano a once nuevas almas. diáfanas y rebeldes. Acorralados por las botas embarradas de las bestias armadas, fallecieron... con la consigna en la boca: "hasta la muerte."

Seguía Cervantes, cansado el cuerpo, sudando manantiales, deshidratado y con hambre, pero nunca la convicción bajó la guardia. Cervantes era halado por la voluntad que lo hacía gritar hasta que la voz se le extinguiera, entonces se valía de sus palmas para animar, saltaba como un loco. ¡Pobre Cervantes! No esperaba aquel destino - o mejor dicho- si lo sabía, pero nunca es fácil recibir a la muerte, abrirle las puertas de tu existencia y darle la vida.

Y comenzaron las bombas a estallar oídos. El ambiente se hizo brumoso y asfixiante, volaban proyectiles encima de las cabezas y escapaban los genios lacrimógenos de las botellas. la paz se volvío pánico, los estudiantes seguían marchando.

Edgar Mejía fue acallado con un fusil. Sus labios revolucionarios solo dejaron de gesticular verdades cuando deliraba desangrado. La delegación caleña en esta batalla se enluto, Cali se enluto, el mundo estuvo en duelo; no queríamos levantar más tumbas en la memoria de los estudiantes.

Dentro de la algarabía de la marcha, surgieron entre las grietas humanas como apariciones los pedreros encapuchados, cuyos rostro anonimos les daban un aire místico; corrían ágiles por entre la conmoción, eran los primeros en la pelea... Levantaban los brazos y hacían estallar las papas bombas, convirtiendo la trifulca en una batalla urbana. Todos tomamos una piedra cuando el batallón levantó armas; eramos los mismos indígenas de hace siglos que repelíamos con hondas y flechas la arremetida de los cañones del blanco invasor.
Cervantes no se ha ido y como muy pocos se ha quedado hasta el final. Tiene la piedra en la mano, aferrada como precaución. Sigue gritando: - Hijueputas, respeten la educación.

Hemos llegado a la alcaldía. El gobierno no salió, cerró las ventanas y se nos negó. Extenuados por el recorrido gigante, la sangre nos hervió en rabia y la explosión de una papa, la guerra excitó.
"IBAGUÉ, EN UNA GUERRA CAUSADA POR ESTUDIANTES REVOLTOSOS" Decían las emisoras y la prensa ya imprimía: "ESTUDIANTES TERRORISTAS". Nos atrincheramos en los árboles, en los postes y en las piedras; el ESMAD marchaba con sus armaduras negras, sus bolillos asesinos y sus escudos transparentes de cobardía.

Avanzaron los autómatas, con su toque de tambores apocalíptico y se nos volvió a adolecer el alma. Cayó otra lágrima. Cervantes al ver la emboscada, levantó la mano libertaria y diciendo: -Hasta la muerte! Soltó la piedra, pero primero se derrumbó su cuerpo aturdido en el suelo. Otro Gonzalo Bravo, otro Edgar Mejía, Otro al coro de once se unió a nuestra memoria. A Cervantes le han sembrado una bala en el cráneo, para que no pensara. Se equivocaron, bastardos. Quebraron su cuerpo pero los ideales permanecen inmaculados y el movimiento estudiantil sigue avivado.

Al otro día, los ibaguereños leyeron en las primeras páginas de los diarios, sorprendidos y desaprobantes, cerraron los ojos y pasaron la hoja.

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